Érase una vez

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Esto es una crónica, pero no de “una muerte anunciada”, sino la crónica del nacimiento de mi carrera imparable, como facilitadora del mágico método para superar miedos y pánicos, situaciones sin salida y demás casos incurables que abundan en este mundo donde la realidad supera la ficción.

Comencemos como en los cuentos: “Érase una vez, estando en un restaurante cerca de un aeropuerto internacional. Me acerqué a una mesa a saludar a una pareja de amigos, de esos que nos hacen un favor cuando teníamos 20 años y los seguimos queriendo de por vida, con trapitos y todo y cuando los vemos después de 30 años, se nos salta el corazón de alegría y gratitud. Pues bien, era una noche fría, y yo vestida como si estuviera en la Antártida. Jamás me imaginé que iba a vivir una experiencia, detrás de un biombo en la cocina de aquel restaurante cuyo nombre no recuerdo, que marcaría el comienzo de mi imparable carrera como feliz facilitadora de Método INTEGRA.

Cuando Ana Eme, la llamaré así, nos contó, a mis amigos y a mí, que en cinco horas volaría rumbo a otro continente, que por eso estaba con ese vaso de wisky a las rocas ya que era una forma de aminorar el pánico que sentía al subirse a un avión. Yo que hacía dos semanas había regresado de la semana intensiva con Ricardo, y no dejaba de practicar, la invité para hacerle una “técnica que funcionaba a la maravilla”. Nos separamos de la mesa, buscamos por el área de la cocina algún espacio discreto y fuimos a dar con una mesa donde tenían toda clase de aderezos, un espacio cerrado a los clientes. Yo, que acostumbro lograr lo que me propongo por las vías más diplomáticas, le rogué al encargado que nos indicara dónde podríamos estar unos 15 minutos sin molestar ni ser observadas. Le expuse que era algo muy urgente y que por favor, nos colaborara. Accedió y nos acomodó detrás de otro biombo donde había un pequeño taburete. Yo llevaba el imán que siempre me acompaña.

Mi amiga se dejó hacer todo lo que le indiqué para obtener comunicación con su subconsciente, y yo procedí a modelarle el test muscular. Ana Eme mide por lo menos treinta centímetros más que yo, que escasamente llego al metro y medio. Su respuesta hacia adelante fue tan rápida y fuerte que tuve que sostenerla porque se vino sobre mí y estuve en peligro de ser aplastada. Sus ojos como platos por el asombro, se volvieron a cerrar y logró desactivar el trauma que durante toda su vida le impedía disfrutar de codearse con las nubes, estar más cerca de las estrellas, y poder regar de bendiciones el espacio infinito sobre los inmensos mares. Ese mini protocolo que realicé en medio del aroma de salsas, condimentos, carbón, y humo de carnes a la plancha, nunca lo olvidaré. Mi amiga y su esposo regresaron al mes siguiente con excelentes noticias porque había desaparecido el pánico. Trabajé con ellos otros objetivos y todos fueron exitosos. A ellos no les confesé que humildemente me sentía como Harry Potter y que había archivado todos mis diplomas para dedicarme únicamente a esta metodología fácil, eficaz, sin dolor y divertida.

Y ahora, después de veinte meses, hoy mismo, todavía mi consulta es para personas que de una u otra forma hacen parte de una larga cadena de beneficiados porque mi querida amiga, Ana Eme, ha seguido enviando referidos. Y colorín colorado, la crónica de esta experiencia que se quedó marcada en mi memoria, ha terminado.

 

Ana María Cifuentes
Instructora de Método INTEGRA

 

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